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14 Oct 2005

Mis venas se hinchan de alcohol ardiendo,
soplando las velas de un amanecer de cobre.
Quiero arrancar tus arterias de mi adentros
y no consigo ni estar a flote sobre tus hombros.

Nunca pensé que mi honestidad se plegara
ante tus manos y tus costumbre cada noche
de viernes que cierno mi voz sobre tus oidos.
Haiku fluorescente, derroche de suspiros.

Y ahora la verdad: eres el mundo que anhelo
cada mañana al despertar en mi cama de estiercol,
pútrido semen en las sábanas bajo las que duermo.

Y mi sangre en las heridas que por tí
bajo mi piel he cincelado en un golpe de mala suerte,
un grito de impotencia sobre mis pezones impotentes.

Sinusoides tan puras como el aliento maloliente
de tus voz ahogada en tu almohada blanca.
Señales cuadradas de espectro infinito en mi boca
esperándote, sintiendo cada beso que evitabas.

Todo el mundo da un unísono de dolor, de desgarro,
mis marionetas se estremecen en un orgasmo
tan cálido como el perdón de Dios por haber parido
sarro en tus encías y deseo en mis pupilas.

Te quiero tanto que el tiempo se congela al horno
como si quisiera besar tus mejillas en el momento erróneo,
como si ahora pudiera ser tuyo para siempre
entre tus brazos de mamífera al oeste del sepulcro.

Quema mis versos al oir las palabras,
revienta las claves encriptadas en mi memoria
de muerte anunciada, de carne de escoria.

Odiarte no es sino una etapa del egocentrismo que me gobierna durante estos minutos. Asilo entre bastones en mi estómago con rima en mi cerebro que si saliera llenaría de ruido el universo. Me muero ¿Y qué? Córta mis alas, pero no mis palabras.