Invierno

20 Oct 2004

Me gusta el invierno, y el otoño porque es la puerta por la que entras a la estación mágica; la estación en la que los sentimientos se quedan en el interior de tí y, cuando decides expresarlos, salen conviertiéndose en deliciosas gotas de agua helada que brillan como si fueran miel… Los sentimientos en invierno tienen más componente de alta frecuencia; en verano todo es calor calor y más calor… cuando no es noche.

Ayer, como normalmente hago antes de dormir, encendí la radio esperando oir la voz de Mara Torres en Hablar por Hablar. Y ahí estaban sus palabras, flotando en el espacio modulas en frecuencia hasta la antena de mi minicadena. Me encanta la radio para dormir porque me imagino a más personas como yo, tumbadas, abrazadas a la almohada, con los ojos cerrados y con los oidos y la mente abiertos a lo mismo que los míos. Pero ayer no quise hacer eso. Llovía y no quise perderme la oportunidad de abrir unos centímetros la ventana para que el sonido de las gotas al aterrizar en las hojas los bancos y las ventanas me acompañara hasta el mundo de los sueños; ese que tanto anhelo y que tanto confundo con la monotónía enrarecida.

Es en invierno cuando sales del metro y te golpea ese golpe de frío te sientes despierto, y vivo. Vivo porque tu interior es más caliente que lo que te rodea. Te despiertas al sentir el frío. El metro es, con su calefacción inmensa, una segunda cama.

Los atascos de coches en las mañanas de invierno de Madrid parecen una serpiente de fuego con la superficie helada, que por momentos recibe calor deshielándose ligeramente y dejando fluir agua. Agua. Agua… Ahora tengo sed de agua.